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Viaje a Icaria
María Jesús Teixidó Domínguez
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La copa de Dionisos, IV y V
22 X 16 cm. c/u.
Técnica mixta sobre papel |
Hilario Bravo nos invita a viajar en su última exposición hasta la mitológica Icaria. Esta isla mediterránea, que toma su nombre de Ícaro, hijo de Dédalo, fue cuna de Tepsis, padre de la tragedia griega, hecho que la conecta necesariamente con Dionisos, dios del teatro, pero también de la desinhibición del vino, del placer y del impulso. Así, Icaria trata de arrancarnos por un momento de la –no siempre amable— realidad, a través de una seductora propuesta estética.
Icaria constituye el escenario de una completa bacanal presidida por Baco/Dionisos, en la que no faltan ménades, músicos, bacantes, sátiros concentrados en buscar a su presa amante, uvas con las que confeccionar el líquido elemento –vino, cuál si no— y copas cargadas de conceptos donde servirlo. En el paraíso terrenal confeccionado por el artista, encontramos una fuerza desgarradora que atrae al espectador hacia el placer de lo sensual y la fuerza de lo matérico.
La embriaguez de esta atmósfera aparece plasmada en dos potentes lienzos, completados por ocho series de ocho piezas cada una (Dionisos, Música, Ménades danzantes, Bacantes, Celebración, Sátiros ebrios, Copas, Uvas), que juntas conforman una unidad pero, de la misma manera, por sí mismas gozan de sentido pleno.
En el gran formato apreciamos un Hilario Bravo de lenguaje más personal, simbólico y críptico, pero sin perder la referencia de la naturaleza que le rodea. El añorado estío se muestra como protagonista indiscutible: el sol, el río, las ondas de agua, el chamizo que proporciona la ansiada sombra y, sobre todo, el potente y cálido naranja que armoniza sendos lienzos, son elementos que nos transportan a la canícula, en la que tenemos la excusa perfecta para arrojarnos a los brazos del dejar pasar, con sosiego y sin remordimiento.
En Tierra de Barros la sangre y el vino se convierten en uno, a modo de transfiguración pagana, en la que el jugo de la uva se manifiesta como hilo conductor de la catarsis, tan presente ahora como en la Grecia Clásica. No podemos obviar la presencia del chamizo, que recorre el lienzo longitudinalmente a modo de río matérico, con el que Hilario da un salto a la tridimensionalidad, en un esfuerzo por conectarnos con la naturaleza y lo telúrico.
En Icaria, lienzo que da nombre a la exposición, irrumpe con presencia el racimo de uvas, cargado de conceptos (ceremonia, rito, canto) de los que serán partícipes aquellos elegidos que beban del líquido que de él se extrae. Es la clave de la evasión, aquella que recogió sin igual el poeta simbolista Charles Baudelaire en sus Flores del mal: “Te llaman en auxilio de su aulladora fiebre./¡Oh Baco, que adormeces todas las inquietudes!”
Muy al contrario, las series de dibujos y collages, nos muestran un trazo más enérgico, transmisor de la libertad que proporciona el lápiz. Las líneas y las sombras del papel nos desvelan un Hilario más impulsivo, desinhibido y contundente, quizá imbuido por una libertad embriagadora. Estas series están organizadas de forma lineal, representando en cada una de ellas un momento significativo de la bacanal. Primero las Portadoras preparan el vino, al ritmo de La música, ambos representados de forma esquemática, algo matissiana, cuyos bosquejos se completan con elementos preciosos, dorados y plateados, propios de este ambiente de lujo y el placer. Mientras, las Ménades, sensuales y dinámicas, continúan con el estilo anterior, cuyos voluptuosos cuerpos son moldeados por esos papeles pegados.
De las Uvas se extrae el líquido del ritual dionisiaco. Y nuevamente aparece el fruto cargado de conceptos sensuales y placenteros, que una vez transformados en vino reposarán en las Copas. Copas convertidas en cálices paganos, receptores de su fuerza conceptual. Hilario Bravo ha elegido para sendas series el collage como medio expresivo, rápido y directo: papeles rasgados y colocados al azar en algunos ejemplos, mientras que en otros se vislumbra una meticulosa disposición, logrando en ambos casos un impactante y sensual efecto. Las Uvas, irónicas, sinceras y directas, casan a la perfección, como no podía ser de otra manera, con su natural receptor, del que los participantes en la bacanal deben beber.
Los sátiros ebrios, adentrados en el ceremonial, muestran un evidente cambio de factura, con un dibujo más académico. Sus rostros están definidos por la sanguina, color que armoniza toda la serie, de cuyos trazos surge la mirada penetrante y rictus más grave de estos personajes mitológicos, algo grotescos pero a la vez cautivadores.
En Icaria queda plasmado el ritual hedonista en estado puro. Cada cual decida si participar o no…
Un mantra de vida
Marina Bargón
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Bacantes VI y IV
22 X 16 cm. c/u.
Técnica mixta sobre papel |
Roma. Dos de la tarde. Una botella de vino se descorcha y comienza el ritual: el líquido paradisíaco nos brinda todo un mundo de posibilidades ya descubiertas en tiempos ancestrales cuando los antiguos romanos, herederos del mundo griego, bebían vino sobre aquellas mismas piedras. Tras el primer sorbo los ojos se vuelven más brillantes y un resplandor en la mirada nos desvela que el autor de esta exposición, sentado entonces en nuestra mesa, acaba de ser tocado por las musas. El poderoso vino ha empezado a desnudar la maravillosa mente de Hilario Bravo.
Será pasado el tiempo, ahora, cuando me encuentro ante una serie dedicada en exclusiva al dios vino; al dios Baco. Y será en esta muestra donde podamos iniciarnos estéticamente en los ancestrales rituales de la religión báquica, tratada anteriormente por grandes artistas como Miguel Ángel, Caravaggio o Velázquez entre otros.
El primer paso de nuestra bacanal será el cultivo de Las Uvas, fruto que ha simbolizado tradicionalmente el oro y el poder en relación con la sociedad. Para su representación el artista selecciona la técnica del collage con papeles mates y plateados e inserta grupos de tres palabras en el interior del racimo. Al unir las tres palabras encontramos pequeñas historias–sentimientos, como si de haikus corporales se tratasen. La inspiración llega de la mano de una de las grandes pasiones de Hilario, la poesía, aunque también de sentimientos encontrados en situaciones casi mágicas en las que el vino es esencial. La Nochevieja sería uno de estos trances (el año empieza y acaba al unísono) y nuestros deseos se elevan al tragar las doce uvas. Así, en esta serie veremos representados los doce frutos con las tres palabras como simbología del deseo espiritual que el hombre deposita en torno al vino.
El ritual continúa y es hora de La celebración del Vino: la recolecta, la vendimia, el traslado, el escanciado, el disfrute de una o más copas… Será en esta serie en la que encontremos lo denominado comúnmente como “las fases del alcohol”, cuando en última instancia todo se torna en risas, brindis y juegos casi malignos, representados por nuestra amiga la serpiente en una de las escenas. No podemos dejar pasar cómo Hilario encuentra la sensualidad en el cuerpo de la mujer y en el propio cuerpo del vino (en tono rojo) como la unión perfecta, ya sea como líquido embriagador o como manto que soporta y enriquece diferentes situaciones de nuestra vida.
La Música y La Danza son, también, una parte importante del ceremonial. Desde la antigüedad son utilizadas para entrar en trance y llegar a la posibilidad de poder hacerlo todo, de ser otra persona, de experimentar el poder supremo de la imaginación. Será mediante los movimientos sensuales y la síntesis de instrumentos antiguos la forma en la que el artista represente, en estas dos series, la ascensión espiritual que libera al hombre de sus cadenas. Pero si en torno al vino encontramos más elementos la diversión se multiplica. Las Bacantes se encargan de ofrecernos diferentes manjares que alegrarán cada vez más la celebración báquica. Fruta, animales (el tierno borreguito que irá a la ceremonia pero no volverá) y ánforas repletas de más bebida consolidarán los festejos que ya en la antigüedad provocaron prohibiciones (Senatus consultum de Bacchanalibus) que jamás pudieron reprimir. Esta actividad entronca directamente con la que desempeñamos cada Carnaval, ya que las bacanales expresan la desinhibición del individuo, algo que en todas las culturas sucede. Por eso en esta serie podemos encontrar elementos egipcios (el buey Apis con el disco solar) o de la antigüedad grecorromana (portadoras que apoyan sus utensilios en la cabeza). Las relaciones directas con las antiguas culturas son una constante en esta exposición. La presencia cristiana se encuentra representada en Las copas de Dionisos, en donde el vino es un elemento de unión con Dios y parte directa del ritual: representa la sangre de la vida. La forma de estos cálices simboliza un recorrido espiritual que el individuo transita, en muchas ocasiones sin ser consciente. Para el artista algunos de estos momentos claves son los juegos y las emociones sentidas en torno a la rayuela (estructura fascinante para Hilario) y, más directamente relacionados con los cálices, las plantas basilicales de las iglesias cristianas. En cualquier caso, cualquiera de estos recorridos (emocionales y espirituales) quedan definidos por el artista en conceptos tales como luz, fraternidad, fatiga, sol, sangre y sudor.
Ya se sabe que, llegados a este punto, el alcohol debería haber hecho sus efectos. Y a los Sátiros ebrios también. Esta serie es especialmente interesante ya que está compuesta por los personajes Marsias, Sileno, Atreo, Marón y Ampelo. El autor confiesa que primero realizó los trazos y después conformó los rasgos de los rostros. En realidad supone un Oda a la Historia del Arte compuesta por guiños a la Edad del Oro, al cubismo, y a grandes artistas como Rubens o Tiziano.
Dionisos hace entrada al concluir nuestra bacanal. Nos muestra sus múltiples caras siempre tocado con sus coronas, fortaleciendo su imagen de dios. En sus caras vemos todo tipo de conceptos, especialmente importantes para el autor, que conforman un mantra de vida. Principio y fin, alfa y omega, ser y no ser… la dualidad es una constante en la vida misma. Nada es verdadero, nada es eterno y sin embargo, tal y como cita Platón,… en el vino está la verdad.
Hilario Bravo: Icaria o la seducción afirmativa
Miguel Fernández Campón
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Dionisos, II y VII 22 X 16 cm. c/u.
Técnica mixta sobre papel |
Hilario Bravo ha terminado por disolver, en el vino, la pantalla del ser. Si constatamos, ante nosotros, que hay un lenguaje que habla, desde este lado el artista nos comunica: habla y existe porque así lo quise. Así quise que aconteciera la apariencia. Esto es lo que nos ofrece la sonrisa de Dionisos. Un pensamiento aparece de modo discreto, casi como un silencio. Es un pensamiento propio de todo aquello que no puede ser tomado con seriedad. En esta serie, la grafía informal de Hilario Bravo podría haber dibujado las siguientes palabras de Nietzsche: “El placer –es más profundo que el sufrimiento. (…) todo placer quiere eternidad”.
Dos lienzos de grandes dimensiones nos indican la proximidad hacia zonas de una sacralidad inmanente. Los signos, el diagrama, la materia flotan sobre una tierra confeccionada de mito, en el goce de traspasar la sangre hacia territorios donde lo indiscernible nos saluda. Las dos grandes pinturas son hitos, puertas, por las que entramos al mundo de lo idéntico, ahora reinterpretado en escenarios de diferencia y energía. El vino inicia, como una nada incompleta, lo afortunado del evento. Hilario Bravo crea, en estas obras, y en especial en las diferentes series de dibujos de reducidas dimensiones, pequeños espacios de transitoriedad, pequeñas estancias de un aquí y ahora distendido y transformador.
Las tonalidades y texturas del papel utilizado como fondo y soporte del diseño inician un diálogo con la existencia como provisionalidad. Lo que contiene no es. Dionisos hace desplomarse el ser hacia el horizonte. Nosotros nombramos las islas hacia un archipiélago, desde la ebriedad. El resultado son pequeñas piezas de una musicalidad povera, en series que interpretan lo dionisiaco desde la estetización de la apariencia. Todo adquiere en los collages el tener tiempo de la degustación, el diferir como improductividad y placer.
Los dibujos se organizan por series temáticas (Música, Danza, Bacantes, Celebración, Sátiros ebrios, La copa de Dionisos, Uvas, Dionisos). Cada una de ellas mira desde un ritmo o acontecer plástico. En todas existe un predominio de lo casual, una luz diluida, el trazo como mímica incompleta, la tachadura como herida del ser, los emborronamientos que lo disuelven. Las capas de las ménades se tejen a partir de garabatos de clarividencia, los cuerpos se trazan con el grafito de lo eventual, con la tiza inocente del acontecimiento. La naturaleza, el agua y su fluir, son más reales dentro de un esquema. Igual que Hans Arp cortaba con las manos el papel para dejarlo caer sobre una superficie, y componer así su obra con las leyes del azar, Hilario Bravo, troceando el color, recrea, desde la no intencionalidad de las formas, figuras en positivo, en negativo, licuadas hacia una plasticidad semejante a los gouaches recortados de Matisse. Hay, como en algunos bodegones de Juan Gris, un dibujo de copas que se emancipa del color, a las que se añade la tactilidad adquirida del concepto. Hilario Bravo sabe que el recipiente que contiene la embriaguez pertenece a un territorio anónimo de lo inacabado. Todo se abre hacia desajustes poéticos: miramos la máscara como a una seducción afirmativa. Hay anversos y reversos de escritura y carácter, de presencia y de huella, del placer–dolor y de la muerte–vida. En las uvas (círculos pre-formales que se agrupan en un racimo como sumas imposibles del cero), bodegones de esencia debilitada, compuestas con fragmentos de un todo a la deriva, se inscriben letras que forman palabras. Tras su recolecta (reunión) en otra serie, el artista nos habla: sólo en la retórica del vino podemos intuir el sentido, aquello que afirmamos, nuestro decir sí, en un reunir abierto, en la materia poética de lo diseminado.
Quizá debamos pensar en el informalismo de los signos y trazos como una desaparición última de nuestros objetos de deseo. “En última instancia, lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”. Hilario Bravo suspende un inicio de claridad, un afecto puro, una ontología estética que funciona como construcción de una escena donde la vida, más que soportarse, puede vivirse. No hay esencia que sufrir, sino apariencia que vivir en la tragedia. Dionisos no es aquí la crudeza de la vida, sino la creación de un teatro de soportabilidad. El cortejo de Dionisos ha terminado por arrasar, bajo la austeridad incontenible de lo desbordante, todo lo que se instituye como fundamento y como verdad, indicándonos otro comienzo, otro modo de pensar–vivir, en una levedad embellecida en la que siempre, en definitiva, hemos residido.
El paisaje de Icaria
Pedro Plasencia Lozano
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Racimo, IV y V
22 X 16 cm. c/u.
Técnica mixta sobre papel |
Decía Dalí que quien sabe degustar no bebe jamás el vino, sino que degusta secretos. Secretos degustados, visiones íntimas, pequeños sorbos de cobre, ceras, sanguina, lápiz o letraset, es lo que nos muestra Hilario Bravo en esta isla de Icaria vista a golpe de catalejo furtivo, de monóculo indiscreto, quizá desde otra isla, quizá desde un barco perdido en el Mediterráneo.
La mirada de Hilario, siempre alerta a lo erótico y a lo mitológico, nos descubre en esta isla un compendio de seres y objetos definidos con trazos primitivos e imaginativos sobre el papel, pese al papel, junto al papel, desde el papel o sin el papel –como esa bocca della verità del dibujo de uno de los Sátiros, que nos dirige al adagio latino in vino veritas—. Y quizá en el dibujo, en la miniatura, en la pura simplificación de la representación, sea donde encontremos la honestidad del artista, sin espacios para la trampa, sin resquicios formales en los que esconderse, sin más interpretación que la definida por un primer golpe de vista. La natural honestidad, también, de unas figuras desinhibidas captadas en la acción inmediata del disfrute, ambientadas por una Música que el artista disfraza de puntos y serpentinas amarillas. Mas estas miniaturas povera, fotogramas de una procesión festiva sin fin ni principio, nos remiten no sólo a lo festivo, a lo instintivo o a lo banal, sino también al esperar, al transcurrir, al comprender. Frente a la inmediatez de la uva, la fermentación del mosto, el recorrido temporal y la secuencialidad, acaso el más humano de los conceptos, concretado en las series Celebración y Bacantes, juegos en rojo vivo que nos remiten al óxido de hierro, a la sangre, a los ladrillos de las cúpulas de esta Sala Croma, a Altamira.
Junto a las tablillas, báquicos perfiles de la Icaria facebookiana, los cuadros de gran formato nos definen la cartografía de las escenas representadas. Ya dice Michael Jakob que "un jardín nunca puede ser aprehendido de un solo golpe de vista, a la manera de un cuadro. Ninguna imagen o representación podrá contener la totalidad-jardín; ninguna podrá ser exhaustiva o verdaderamente representativa". De ahí que ambas realidades –el contexto y el objeto de Benjamin—, separadas de facto por sus formatos, nos den por suma la realidad expositiva, el jardín mediterráneo doméstico y abierto en que se ubica Icaria. Un jardín, de nuevo, que destila formas arquetípicas de la pintura paisajística de Hilario: ríos de flujo vivo y trazo alegre, árboles esquematizados en tronco y copa que eliminan sus raíces en un acto naïf y etéreo, y un telón configurado a base de gradaciones múltiples y difusas de una misma gama, cálida y terrosa, exudación mediterránea inmarcesible. Junto a ellos, el cañizo como elemento superpuesto y perturbador, añadiendo la textura de lo seco y también de lo humano, que nosotros identificamos con el camino artificial frente al natural itinerario de los arroyos –¿habría vías de ferrocarril en Icaria, al igual que las había en la Venecia del XVII imaginada por Carpentier? —. Un camino que nos lleva del inicio al destino, de la A a la X –¿sería Icaria, por ventura, la isla de Stevenson? —, del fruto al néctar, del vino a la sangre, del paisaje a las figuras, de las figuras a las ánforas en que quizá tiempo atrás estuvieron insertadas, de esas ánforas a la arcilla, de la arcilla al barro y de ahí a la tierra. Y en la tierra, de nuevo un camino –¿no son, acaso, losetas de las calzadas de Icaria, los lienzos que acogen a las Copas, a las Danzadoras o a las Cabezas? —.
Así se nos muestra el universo creado por Hilario Bravo, un mundo construido con trazos, técnicas y simbologías nítidamente personales que captura el genius loci mediterráneo y lo traslada frente a nosotros a modo de pequeños frutos, partes de un racimo cuya suma trasciende su forma y destila palabras como amor, alba, perfume, pan, besos, gozo: collage explícito de letras, síntesis cultural de nuestro dialogar entre los mitos.
...y las Uvas, que son esféricas.